
El sábado se casa el Chico -porque, por mucho que se llame José Manuel y siga cumpliendo años, siempre será el Chico-. Y el sábado irremediablemente, porque la naturaleza y la madre que me parió me han hecho así, sentiré un cosquilleo por dentro que me hará brotar alguna que otra lagrimilla cuando lo vea entrar con esa sonrisa que siempre le ha caracterizado, con su pelo negro engominado, moreno -porque el hijoputa no sé cómo se las apaña que desde que empieza abril coge color y no lo suelta- y guapo a rabiar, porque el que es guapo es guapo, ¡qué coño!, y espere a zu Zirvia de sus amores en la iglesia, ante la Patrona de Huerrrrrva, en el Conquero.
Pero ¿por qué ese cosquilleo? Pues porque este hijo de su madre tiene cogido un trocito de mi corazón desde que soy una niña, porque me unen a él lazos tan fuertes como los que da la familia, pero la familia íntima, porque para mí su casa y mi casa casi que son la misma.
Tengo recuerdos del Chico desde que tengo uso de razón y siempre buenos, aunque admito que alguna que otra vez era irremediable enfadarse con él tras haberte dejado tirada con algo. Me ha visto crecer y siempre quiso hacerlo desde cerca, porque ni siquiera cuando él ya era un adolescente, que empezaba a descubrir cosas que aún me quedaban lejos, dejó de jugar y de estar conmigo, aunque sus inquietudes ya fueran otras. Y cuando las edades ya no fueron un problema, en cuanto a diferencias razonables de intereses, se convirtió no ya en un primo cercano a mí desde siempre sino en un amigo más, uno de los grandes amigos que afortunadamente tengo.
Con él he compartido juegos, horas de estudio, juergas, confidencias, problemas, desahogos, cotilleos, pero sobre todo risas, muchas risas que espero que duren toda la vida.
Esta entrada te la dedico porque sí, porque me sale del alma y porque, aunque sé que no lees los blogs, quería decirte públicamente que te quiero.
Te deseo todo lo mejor con Silvia.