La adapatación de la Universidad española a la europea ya es un hecho -o eso pretenden hacernos creer-. Por todos es sabido que el plan Bolonia llegó haciendo mucho ruido de golpe, pero algunos que estudiamos en ciertas Universidades “modernas y de prestigio” comenzamos a padecer los ensayos de esa estrategia mucho tiempo antes.
Si consultamos en el DRAE el significado del verbo “adaptar” podemos concluir que implica un proceso de ajustes, de acomodación y, como todo proceso, requiere tiempo, máxime cuando quieren vendernos que es lo mejor para los alumnos. Porque todos sabemos que para que algo sea un éxito se necesita, en primer lugar, capacidad; esto es, posibilidades de ejecución, presupuesto, conocimiento del medio en que hay que desenvolverse, etc.
Y en este punto me pregunto yo:
¿Es España, a nivel educativo, económico y social, un país equiparable a los que escogemos como modelos en Europa? ¿O, por el contrario, necesitamos un periodo previo a la reforma que allane el camino para que cuando ésta llegue no sea un fracaso?
Es una frase muy manida la de que la educación es la base del futuro de una sociedad, pero no por ello menos certera.
Actualmente, con la crisis que nos castiga, se pone de manifiesto la necesidad de reciclaje profesional existente; la entelequia que supone aprobar leyes, decretos, reglamentos, ordenanzas y un sinfín de disposiciones sin respaldo presupuestario; la descompensación de la balanza que hay entre los que mantienen el país y los que viven de prestaciones de diverso tipo; y sienes y sienes de cosas más, y no se les ocurre otra cosa a los Rectores y Decanos de nuestra Universidad que hacer inviable la compatibilidad de la vida laboral o profesional con la formativa o estudiantil. ¿Cómo? haciendo que la presencia real en las clases sea imprescindible para poder sacar adelante los estudios -porque, claro, la idea surgida en algún país a los que nos queremos asemejar, seguramente, sería obligar a una presencia real o virtual pero, ¡bingo!, aquí no tenemos un € para modernizar la Universidad o si lo tenemos nos lo gastamos antes en cualquier pamplina que en algo que ayudaría a que el sistema funcionase; ni ovarios para obligar al profesorado a currar en casa, además de en el campus, ¡pobres explotados!-.

El fracaso de un sistema de escolarización obligatoria contra viento y marea, que para colmo tiene abierto un debate sobre su posible ampliación hasta los 18 años, no resulta suficiente para ver que la presencia física de un alumno en una clase no asegura los buenos resultados, ni es sinónimo de aprendizaje -aunque a esas edades es hasta comprensible- y lo trasladan, tuneado, a la Universidad, como si de un colegio se tratara.
Y resulta que los modelos económicos y de empleo que triunfan en la UE, como el de flexiseguridad danés, se basan en el reciclaje contínuo y en la obtención de prestaciones estatales a cambio de una formación contínua, según las exigencias del mercado laboral.
¿Cómo se come esto? Tragando.









Han dicho algo...