Volver al Villamarín

Recuerdo perfectamente la primera vez que pisé el Villamarín de la mano de mi hermano Manolete, fue el partido Betis-Oviedo de la temporada 90/91 y quedó empate a uno. Entonces los partidos se veían de pie en Gol Norte. Eran buenos tiempos para el Real Oviedo y tiempos apurados para el Betis. Tenía 8 años, Pepe Mel vestía la camiseta de las 13 barras, lo que son las cosas.

Luego vieneron los abonos de temporada infantil a 5.000 pesetas y luego los juveniles a algo más. Puedo sentirme orgullosa de saber -y haber escuchado de su boca- que hice bética a mi entonces inseparable amiga de colegio Elena Ruiz. Temporadas de Gol Norte disfrutadas con la intensidad de una preadolescencia y adolescencia.

Luego llegaron los suspensos para septiembre en el Insituto y las subidas de los abonos, junto al despotismo de Lopera, y el carné se perdió como se perdió la alegría de Chano.

A partir de ese momento dejé de pisar el Villamarín -para mí nunca tuvo otro nombre ese glorioso campo- con las excepciones de las ocasiones en las que, o previo pago o por concesiones de buenos amigos, volvía con mi bufanda al cuello a recorrer La Palmera.

Y un buen día este año, tras las vacaciones de agosto, mi gran amigo José Malavé me dijo que en pocas semanas se iría a Perú por un tiempo incierto a intentar hacer negocios y abrir una oficina.

El día que tenía fecha de salida rumbo a Lima quedamos en la puerta de su oficina para darnos un beso y un abrazo y para legarme temporalmente un tesoro: su carné del Betis de la temporada 2012/13. Sonreí y lo agradecí como si me hubiera hecho un gran regalo pero poco después supe que me había quedado corta.

Ese carné lleva conmigo tres meses y me ha devuelto la incomprensible ilusión que desatan esas gradas, pase lo que pase. Me ha recordado lo que sentía en aquellos años de carné, a pesar de que ya sumo el doble de años y me ha vuelto a hacer sentir la grandeza que tiene el equipo único e inigualable que allí habita.

Muchas cosas siento cada vez que vuelvo a enfilar esa bendita avenida con la bufanda o la bandera al cuello pero sobre todo y ante todo una emoción indescriptible, unos nervios que ni las pipas ni las uñas calman durante los 90 munitos de juego y un cariño hacia la mejor afición del mundo inmensa.

Y todo esto se lo debo a mi abuelo Antonio, que nos dejó un legado de bondad infinita y un beticismo inquebrantable. Ahora mi sobrino Pedrito, el más pequeño de los cinco magníficos, ha aprendido a escribir la “b” gracias al Betis que no deja de nombrarle su tita Rocío. Ya mismo pisará el Villamarín por primera vez de mi mano, junto a su hermana y -espero- su querida tita Ana, como ya hicieran sus primos con mi hermano y conmigo. Espero transmitirles ese legado y que lleguen a emocionarse como lo hago yo cuando canto y escucho rugir el Glorioso de esta forma cada partido en casa

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Acerca de rocioromerope

Abogada de profesión, polemista por vocación y bética de corazón. Aúno y desmiento tópicos sevillanos.
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